Significado.

¿Para qué buscar significado al silencio de una habitación vacía? No creo que encuentres algo en particular en aquél silencio. Ni siquiera debería parecerte fuera de lo normal. El para tí, particular sonido de sus pasos al llegar y deambular por los pasillos de la casa, no lo encontrarás más por acá. ¿No puedes entender acaso que no existe significado para el silencio de una habitación vacía?

Espiar por la ventana cuando la escuchabas llegar cada tarde. Levantar con cuidado la cortina para que ella no te descubriera… aunque sabías, siempre lo supieste, ella lo notó desde la primera vez. Los colores de la tarde iluminando su rostro, mirarla charlar con algunos de los vecinos, esperando que su llave abriera la puerta principal, dejando entrar al viento, llenando con su aroma la sala de estar. ¿Qué sentido tiene hoy espiar por la ventana?

Los libros revueltos sobre la cama sin arreglar. Revistas viejas a manera de alfombra. Comprendiste que, cuando una de nuestras mitades se aparta de nosotros, es momento de entrar en movimiento. Entiendiste que no hay futuro con cordura, si vives cada atardecer sentado, pasando las hojas de su libro favorito, buscando su aroma en el interior, imaginando escuchar su voz en cada parrafo que lees…

¿Qué significado tendrá tu vida, ahora que no está más? Depende de ti.

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Errado.

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No extravié el camino,

ni ha errado de rumbo mi andar.

Solo ha venido a suceder,

que no decido el sitio a donde quisiera llegar.

.

Me han visto vagar por los caminos,

sin sitio fijo donde pernoctar.

Me han encontrado en la montaña,

queriendo desde allí, el mar observar.

.

He pasado noches en desvelo,

tirado de espaldas, mirando al cielo,

o.bservando de las estrellas su lento caminar,

deseando en algún momento, poderlas alcanzar.

.

He andado junto al lecho del río aquél,

ese que todos han olvidado,

y no es que haya errado el rumbo,

es que le he pedido, guíe mis pasos hasta el mar.

Soy.

Aprendí cómo andar por la vida

con las manos vacías,

con los pies cansados, doloridos.

Nadie me enseñó a caminar con la vista al suelo,

con tristeza en el rostro,

con el alma a punto de estallar.

Me vi forzado a aprender cómo permanecer en silencio,

observando solamente,

cuando lo que quieres es llenarlo todo a gritos.

.

Aprendí a sostener otras manos,

a no permitir que los demás cayeran,

soportando pesos que yo no había ganado.

Pasado el tiempo, acepté que nadie deseaba darme la razón,

que mis ideas eran simples añoranzas,

fui obligado a olvidar los sueños de futuros diferentes.

Dejé de vagar por las calles,

ya no deambulo por mi viejo barrio,

hoy, soy lo que ellos desean que sea.

El viento del olvido.

Llega el día, en que tus fotos antiguas, se convierten en el máximo tesoro que podrías poseer. Silenciosas testigas de lejanos tiempos en los que el papel, era la única manera de conservar un recuerdo.

Pasas horas observando tu imagen favorita, impresa en aquél papel amarillento, que día con día desprende pequeñas partes de sí, desmoronandose lentamente entre tus dedos, encontrandote con su imagen, aquella que te cautivó, esa que aún te sigue en sueños, la imagen de la juventud exhausta, agotada hace mucho tiempo, rota en mil pedazos, anticipándose al destino del papel en tus manos, recordandote que el tiempo es cada vez más escaso.

Y aprendes a avanzar por la vida, con tu caja llena de pequeños trozos de papel. Te aferras a ella, pidiendo que no termine también en pedazos, arrastrados por el viento del olvido.

Tampoco.

Cuando se ama, se ama con total pasión. No se entrega a partes, no se condiciona… no se ama poco.”


Sostuve la Luna en mis manos,

con la sola intención de que en ella

tu reflejo contemplar pudieras.

.

Contuve mil vientos en mi aliento,

esperando que ni la más mínima brisa

alterara de tus cabellos, uno solo.

.

Mil tempestades nuestra puerta azotaron,

queriendo que la paz que nos rodeaba desapareciera…

mientras tú, en plácidos sueños pernoctabas.

.

No conocimos límites,

no existieron barreras,

tampoco el amor.

Atado.


Estoy atado al abrazo de tu sonrisa,

al color de tu mirada,

al sueño de sentir tu aliento en mi rostro.

.

Quedé atado a tu reflejo en la faz de la Luna,

a tu silueta frente al mar,

con la luz del Sol acariciando tu alma.

.

Tu cuerpo sobre la arena,

el viento agitando tu cabello,

mi ser, atado a tu imagen.

Sus muertos no le hablan.

Sus muertos no le hablan más. Fue obligada a callarlos, a alejarlos.

No puede ocultar el temblor en su mano derecha provocado por los embates del tiempo, por más que su mano izquierda haga el intento. A pesar del movimiento, sujeta con firmeza su antiguo rosario, aquél rosario al que tanto le debe: cuando la economía familiar no fue buena y estuvo a punto de perder el techo donde vivía ella, su esposo e hijos, rezar cada noche, todos unidos, despertó la compasión de Dios y no le fue arrebatado el hogar; cuando su hijo más pequeño fue casi consumido por las fiebres de la época de calor, el fervor de sus rezos trajo alivio al pequeño, que más tarde y gracias a la fé de su madre, se convirtió en uno de los mejores abogados de la ciudad; y por último, recitar tres veces al día el rosario, le había ayudado a mantener su vida en soledad, sin amargura, sin desencanto.

Así, temblando, producto de su edad, la anciana observaba sin reproches cómo desprendían de la pared, la foto de su amado esposo, con su traje de manta, recargado en su fusil justo antes de la última batalla de la Revolución en la que participó. Desgastada, borrosa… desapareció al ser introducida en una caja de cartón.

Una tras otra, fueron retiradas el resto de fotografías e imagenes religiosas de las paredes de la habitación. Recordó con alegría aquella ocasión en que toda la familia consiguió reunirse para la fiesta de año nuevo de… de algún año, fue hace tanto que ya es imposible saber cuando sucedió. Esa foto era el mejor remedio para su alma cuando se inundaba de nostalgia. Ver a cada uno de sus hijos con el cabello totalmente engomado para la toma, a sus hijas con los largos y amplios vestidos con filos de blanco encaje… sus hermanos, su hermana… su esposo, que siempre aparecía en las fotografías con cierta galanura, digna de un general de división.

Las imagenes de su madre. Las de su padre. Nunca volverían a ver la luz del día. Serían almacenadas, Dios sabe dónde.

No puede evitar el derramar una lágrima.

No habla más con sus muertos. Se los ahuyentan. Dos pastillas amarillas los mantienen a raya.

Y se pregunta qué hay de malo en charlar de vez en cuando con sus muertos. Nadie con vida quiere hablar con ella desde hace ya mucho tiempo. Le ignoran. ¿Por qué entonces no puede hablar con los que ya no están aquí?

Alguien desde un rincón de la habitación le mira con lágrimas en los ojos. La observa mientras la anciana lleva su mirada al pasado. Solloza. Limpia su nariz con un papel y sale corriendo de la habitación.

La anciana no se percata de aquello. Respira lentamente, con tranquilidad. Acaricia su rosario y luego lo lleva hasta su boca, donde le ofrece un beso, rogando misericordia, valor, descanso.

La ropa de sus cajones cambia de sitio a unas valijas. Su viejo libro de oraciones se úne a sus prendas empacadas. No hay joyería, nunca la hubo.

Sus muertos no le hablan más.

Lleva su mirada a la puerta. Desde ahí le observa. Sabía que un día volvería. Su rostro se ilumina al mismo tiempo que una sonrisa aparece.

Allí está su esposo, vestido de manta, de huarache, con el fusil al hombro, sonriendole como la primera vez que se encontraron.

Un joven de blanco la toma del brazo y le ayuda a ponerse de pie. Juntos avanzan hasta la puerta. Antes de abandonar la habitación, vuelve la mirada, despidiendose de su casa, de su vida.

Prosigue su andar hacia la puerta con nuevo ánimo, el ánimo de saber que al fin, después de tanto tiempo, han vuelto por ella.

Finalmente, hablará con sus muertos nuevamente. Por siempre.

Perdón.

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Un roce helado en su mejilla. El súbito estremecimiento de su cuerpo le recuerda que no se encuentra solo. Bajo el pelo de su nuca, una fría caricia recorre el cuello. No queda más remedio que cerrar los ojos y mantener el alma firme.

La flama de la vela sobre el escritorio tiembla durante un breve instante, mientras una apenas visible sombra, cruza timidamente a su costado izquierdo. No le queda duda. Ha vuelto. Está en la habitación, con él.

Incómoda sensación aquella. Cada pelo de su cuerpo se eriza al mismo tiempo. Se estremece con más fuerza, haciendo temblar el escritorio y saltar ligeramente todo lo que se encuentra sobre él. Había deseado tanto su presencia. Anhelaba su vuelta. Ahora que se cumplían ambas solicitudes, su espíritu no parece compartir la necesidad de volver a tenerle cerca. No así.

En su mano izquierda, el miedo fue donde explotó. Era imposible contener el temblor. En un intento por detener su movimiento, pretendió llevar su mano derecha sobre ella, pero antes de conseguir su objetivo, un soplo de aire helado detuvo el temblor, manteniendo su mano fija sobre la superficie del escritorio.

El terror era extremo. Intentó levantarse de golpe de la silla y alejarse del escritorio, de la habitación, de la casa… imposible, no logró moverse ni un milímetro.

Tantas noches había llorado su partida. Cuántas más había llorado, implorando su retorno.

“¡Perdoname!”, dijo con voz entrecortada, con tono infantil, más a manera de sollozo. “¡Perdón!” repitió con mayor convicción y fuerza.

La presión en su mano se incrementó. El frío comenzó a invadir su rostro, pies, piernas… La baja temperatura en su cuerpo, sumada al miedo, estremecían el cuerpo de aquél anciano. Sin poder moverse de la silla, poco a poco la presencia helada se extendía al resto de su cuerpo. A cada bocanada de aire que expulsaba al respirar, una pequeña nube de vapor le acompañaba. Sus ojos se movían de lado a lado, buscando inutilmente una salida, una vía de escape. Pronto, el frío le impidió cerrar los párpados. El sudor en su nariz se convertió en fina escarcha. Los labios se tornaron azulados. Un sonido gutural escapó durante unos segundos, después, solo un jadeó casi imperceptible.

Los ojos dejaron de moverse. El temblor de su cuerpo se detuvo. Un instante después, no hubo más rastro de su respiración. Su congelado corazón dejó de latir.

El cuerpo cayó con fuerza al piso. La fuerza que lo contenía, desapareció. Una lágrima que había quedado fija a la comisura de su ojo, congelada, se desprendió y desapareció rapidamente entre el tableado del suelo de la habitación.

Lentamente, la luz de la vela se consumió aquella noche.