Sus muertos no le hablan.

Sus muertos no le hablan más. Fue obligada a callarlos, a alejarlos.

No puede ocultar el temblor en su mano derecha provocado por los embates del tiempo, por más que su mano izquierda haga el intento. A pesar del movimiento, sujeta con firmeza su antiguo rosario, aquél rosario al que tanto le debe: cuando la economía familiar no fue buena y estuvo a punto de perder el techo donde vivía ella, su esposo e hijos, rezar cada noche, todos unidos, despertó la compasión de Dios y no le fue arrebatado el hogar; cuando su hijo más pequeño fue casi consumido por las fiebres de la época de calor, el fervor de sus rezos trajo alivio al pequeño, que más tarde y gracias a la fé de su madre, se convirtió en uno de los mejores abogados de la ciudad; y por último, recitar tres veces al día el rosario, le había ayudado a mantener su vida en soledad, sin amargura, sin desencanto.

Así, temblando, producto de su edad, la anciana observaba sin reproches cómo desprendían de la pared, la foto de su amado esposo, con su traje de manta, recargado en su fusil justo antes de la última batalla de la Revolución en la que participó. Desgastada, borrosa… desapareció al ser introducida en una caja de cartón.

Una tras otra, fueron retiradas el resto de fotografías e imagenes religiosas de las paredes de la habitación. Recordó con alegría aquella ocasión en que toda la familia consiguió reunirse para la fiesta de año nuevo de… de algún año, fue hace tanto que ya es imposible saber cuando sucedió. Esa foto era el mejor remedio para su alma cuando se inundaba de nostalgia. Ver a cada uno de sus hijos con el cabello totalmente engomado para la toma, a sus hijas con los largos y amplios vestidos con filos de blanco encaje… sus hermanos, su hermana… su esposo, que siempre aparecía en las fotografías con cierta galanura, digna de un general de división.

Las imagenes de su madre. Las de su padre. Nunca volverían a ver la luz del día. Serían almacenadas, Dios sabe dónde.

No puede evitar el derramar una lágrima.

No habla más con sus muertos. Se los ahuyentan. Dos pastillas amarillas los mantienen a raya.

Y se pregunta qué hay de malo en charlar de vez en cuando con sus muertos. Nadie con vida quiere hablar con ella desde hace ya mucho tiempo. Le ignoran. ¿Por qué entonces no puede hablar con los que ya no están aquí?

Alguien desde un rincón de la habitación le mira con lágrimas en los ojos. La observa mientras la anciana lleva su mirada al pasado. Solloza. Limpia su nariz con un papel y sale corriendo de la habitación.

La anciana no se percata de aquello. Respira lentamente, con tranquilidad. Acaricia su rosario y luego lo lleva hasta su boca, donde le ofrece un beso, rogando misericordia, valor, descanso.

La ropa de sus cajones cambia de sitio a unas valijas. Su viejo libro de oraciones se úne a sus prendas empacadas. No hay joyería, nunca la hubo.

Sus muertos no le hablan más.

Lleva su mirada a la puerta. Desde ahí le observa. Sabía que un día volvería. Su rostro se ilumina al mismo tiempo que una sonrisa aparece.

Allí está su esposo, vestido de manta, de huarache, con el fusil al hombro, sonriendole como la primera vez que se encontraron.

Un joven de blanco la toma del brazo y le ayuda a ponerse de pie. Juntos avanzan hasta la puerta. Antes de abandonar la habitación, vuelve la mirada, despidiendose de su casa, de su vida.

Prosigue su andar hacia la puerta con nuevo ánimo, el ánimo de saber que al fin, después de tanto tiempo, han vuelto por ella.

Finalmente, hablará con sus muertos nuevamente. Por siempre.

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Perdón.

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Un roce helado en su mejilla. El súbito estremecimiento de su cuerpo le recuerda que no se encuentra solo. Bajo el pelo de su nuca, una fría caricia recorre el cuello. No queda más remedio que cerrar los ojos y mantener el alma firme.

La flama de la vela sobre el escritorio tiembla durante un breve instante, mientras una apenas visible sombra, cruza timidamente a su costado izquierdo. No le queda duda. Ha vuelto. Está en la habitación, con él.

Incómoda sensación aquella. Cada pelo de su cuerpo se eriza al mismo tiempo. Se estremece con más fuerza, haciendo temblar el escritorio y saltar ligeramente todo lo que se encuentra sobre él. Había deseado tanto su presencia. Anhelaba su vuelta. Ahora que se cumplían ambas solicitudes, su espíritu no parece compartir la necesidad de volver a tenerle cerca. No así.

En su mano izquierda, el miedo fue donde explotó. Era imposible contener el temblor. En un intento por detener su movimiento, pretendió llevar su mano derecha sobre ella, pero antes de conseguir su objetivo, un soplo de aire helado detuvo el temblor, manteniendo su mano fija sobre la superficie del escritorio.

El terror era extremo. Intentó levantarse de golpe de la silla y alejarse del escritorio, de la habitación, de la casa… imposible, no logró moverse ni un milímetro.

Tantas noches había llorado su partida. Cuántas más había llorado, implorando su retorno.

“¡Perdoname!”, dijo con voz entrecortada, con tono infantil, más a manera de sollozo. “¡Perdón!” repitió con mayor convicción y fuerza.

La presión en su mano se incrementó. El frío comenzó a invadir su rostro, pies, piernas… La baja temperatura en su cuerpo, sumada al miedo, estremecían el cuerpo de aquél anciano. Sin poder moverse de la silla, poco a poco la presencia helada se extendía al resto de su cuerpo. A cada bocanada de aire que expulsaba al respirar, una pequeña nube de vapor le acompañaba. Sus ojos se movían de lado a lado, buscando inutilmente una salida, una vía de escape. Pronto, el frío le impidió cerrar los párpados. El sudor en su nariz se convertió en fina escarcha. Los labios se tornaron azulados. Un sonido gutural escapó durante unos segundos, después, solo un jadeó casi imperceptible.

Los ojos dejaron de moverse. El temblor de su cuerpo se detuvo. Un instante después, no hubo más rastro de su respiración. Su congelado corazón dejó de latir.

El cuerpo cayó con fuerza al piso. La fuerza que lo contenía, desapareció. Una lágrima que había quedado fija a la comisura de su ojo, congelada, se desprendió y desapareció rapidamente entre el tableado del suelo de la habitación.

Lentamente, la luz de la vela se consumió aquella noche.

Dueles.

Te extraño.

Siento tu vacío creciendo en mi pecho cada día que pasa.

Hace tanto tiempo. Extraño esa manera de aproximarte, de acurrucarte a mi lado, de dejarme sentir el calor de tu cuerpo junto al mío.

Duele tu ausencia. Duele tu distancia.

Te extraño.

Hace tanto tiempo… tanto, que ya olvidé cómo eres, cómo luces… te transformaste en una sombra obscura, una silueta sin color; te convertiste en una imagen sin rostro que vagamente puedo recordar estando de pie, en el umbral de mi puerta, y que ahora poco a poco, va desapareciendo entre brumas.

Te extraño.

Duele olvidar. Duele extrañarte.

Haiku.

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Hace un par de días, encontré por casualidad una página con haikus y quedé enganchado.

Escribí algunos y los compartí en Twitter. No sé si estoy haciendolo correctamente, por lo que aceptaré todo comentario y sugerencia al respecto.

Dejo lo hecho hasta el momento y proyecto publicar al menos uno diferente los lunes, miércoles y viernes.


1

De tí cautivo,

en tu ser atrapado,

soñando morir.

2

Habita la paz,

desaloja los miedos,

vive en amor.

3

A la luz del sol,

de belleza sin igual

la imagino.

En cada ocaso.

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Imposible resulta no intentar encontrarte en cada atardecer.

Inútil es intentar desterrar el deseo de buscarte a la caída del sol,

pues en el calor de los ultimos rayos de luz del día,

es tu piel la que vuelve a invadir mis sentidos.

.

Vuelco tu nombre en una oración incompleta,

para encontrarme como siempre, con tu ausencia.

Intento imaginarme en el mismo sitio que tu habitas.

Tu presencia a mi lado, tengo que inventarla en cada ocaso.

.

El sol al marcharse, insiste en volverte a mi mente.

El frío de la noche, en la marca de tu lejanía se convierte.

Las doce.

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Las doce de la noche.

El reloj de la iglesia así lo anuncia.

La obscuridad de la calle apenas se rompe

a la débil luz de los amarillentos faroles.

.

Una tras otra, las campanadas resuenan

en el ambiente,

retumban sin respuesta,

sin pausa.

.

La luz en los faroles tiembla con cierta timidez,

las sombras juegan con los objetos a mi alrededor.

Algunos pasos se escuchan a lo lejos,

avanzan con rapidez, temerosos de la obscuridad.

.

Busco atento entre las sombras,

intento encontrar a quien huye de la noche.

Los pasos son más intensos, cada vez más cerca.

No puedo localizarle. Nadie se aproxima.

.

El juego de la luz continúa.

Los pasos ahora se alejan.

Escudriño las penumbras sin éxito.

Retorno al interior de casa.

Caravana.

El polvo se eleva al soplo del viento,

cubriendo la luz del sol,

nublando la vista en el camino.

.

La arena golpea cada centímetro de la piel,

lastimando como pinchazos de agujas,

tal cual aguijones de enfurecidas abejas.

.

Rostros cubiertos. Lento andar.

No hay más sonido,

que el del fuerte viento en aquél lugar.

.

Mantenerse agrupado resulta penoso,

se ha extraviado, de la localización el sentido…

mantenemos pues el paso, sin tener idea del destino.

.

He perdido rastro de la caravana.

Pierdo a poco, la noción del tiempo.

Empiezo a sentir que pierdo, el aliento que queda de mi vida.