Momentos

4.

Es la sexta noche sin cerrar los ojos. He querido no hacerlo. Los días han sido más difíciles sin duda, pero es mejor así. No importa que las noches de descanso que me he prohibido, empiecen a distorsionar la realidad que vivo.

He visto cosas y personas desaparecer de súbito. Escucho voces a pesar de la soledad de mi pequeña oficina. En el autobús rumbo a casa, sé que todos me observan, que todos hablan de mi. Sus risas disimuladas les delatan.

Camino más aprisa que lo acostumbrado. Son ya dos veces que no recuerdo el color de mi edificio. Tres en las que olvido las llaves de la entrada, sobre la mesa del comedor.

He olvidado como utilizar un rastrillo. Bañarme es tan solo abrir la regadera y remojar el cuerpo, para de inmediato, secarme y vestirme.

Ya no deseo que llegue la noche, tengo miedo a cerrar los ojos. No quiero que eso suceda. Sentado frente al reloj, le observo avanzar. Segundo a segundo. Minuto a minuto. Cuento una y otra vez cada tic-tac, perdiendo la cuenta después de mil y obligandome a iniciar de nuevo.

Pronto empezará la séptima noche. No quiero cerrar los ojos. Así lo he decidido para siempre. No quiero que su fantasma, venga a inundar mis sueños. Es mejor así.

Momentos.

3.

Esa vieja melodía. La misma melodía que me alegra, que me obliga a cerrar los ojos y soñar, la melodía que ensombrece mi día por igual. Vieja melodía. Esa, a la que pido cambie mi presente cada vez que la escucho. La que me invita a pensar tu imagen, la que me obliga a pedir que aparezcas en mi vida, de improviso, sin decir cuando, solo que aparezcas, de la nada.

Vieja melodía que lleva el sabor de tus alegrías, de nuestras alegrías. De esas risas juntos, que no han sucedido, pero que sucederán. Melodía que sabe a ti.

Noche de verano.

Las mejores historias, no inician en una lluviosa noche de verano. Al menos, a mi no me ha sucedido, no me ha pasado. Ni siquiera lo he visto que suceda en los libros.

No existen los encuentros inesperados en la estación del autobús. No hay algo parecido a cruces de miradas en algún café del centro de la ciudad.

Nunca el aroma de un día de lluvia, ha unido dos almas en una sola. El canto de los grillos en los matorrales, jamás me ha acompañado en alguna cena en el jardín a la luz de la luna a medianoche.

No creo en esas historias que hablan de llamadas equivocadas a altas horas de la noche, como tampoco creo en las coincidencias de gustos, de objetivos, de pensamientos.

¿Amor en lluvia de verano? Digo que no, que son fantasías, historias para alegrar almas abatidas, para distraer a los afligidos, para dar esperanza a los rezagados.

Heme aquí, bajo la lluvia, empapandome, sintiendo cómo el frío cala hondo hasta los huesos. Heme aquí, esperandote, queriendo empezar a tu lado, nuestra historia en una lluviosa noche de verano.

Momentos.

2.

No concibo un día sin ti.

Todo cambia con tan solo saberte por un instante.

Un segundo escuchando tu voz,

disfrutando tu mirada,

bastan para que la jornada valga la pena.

Aquella primera vez que tu voz llegó hasta mi,

que disfruté de tu sonrisa sin haberla imaginado antes,

está lejana ya.

Sin embargo, seguiré esperando cada día

para disfrutar tu voz y tu sonrisa,

hasta que las pueda tener cerca de mi,

junto a mi, siempre a mi lado.

Momentos.

1.

Apenas hemos cruzado nuestras miradas un par de veces.

Conozco tu rostro, pero no así tu nombre.

Sueño de ti. Despierto para ti.

Me pregunto si para ti existo,

si cruza por tu mente mi presencia…

y sé que podría significar nada para ti.

Entonces, acepto que no te aproximes a mi,

acepto que no te preocupe lo que hago,

mas no aceptaría jamás,

tener que renunciar a tu ilusión.

Días comunes.

Un día normal. A pesar de que la mañana había sido fresca, cuanto más se acerca el mediodía, el calor gana terreno.

Ante las altas posibilidades de padecer una jornada agobiante, es que dejo la comodidad de mi hogar. Una ultima mirada al matorral en que se ha convertido mi jardín y adelante, a iniciar el camino al trabajo.

Llevaba varios días sin alejarme de casa. Mi proyecto estaba atrasado considerablemente y decidí alejarme de todo, convertiendo mi hogar en oficina en la idea de que allí no habría distracciones. Pero las hubo.

O al menos yo las fabriqué. Ante la falta de ideas, la desesperación ganaba la batalla y me obligaba a levantarme de la silla y deambular por la casa. De aquí para allá, de allá hacia acá. Recorrí cada rincón del hogar. Encontré lugares en donde la limpieza parecía jamás haber llegado. Ordené el librero, deseché revistas viejas. ¿El trabajo pendiente? Bien, gracias.

Cuando ya no encontraba qué más hacer dentro de casa, tomaba las llaves y salía a recorrer el barrio. Calle tras calle, sin rumbo. Apenas podía creer que nunca había notado aquél mercado. El andar de la gente contrastaba con el mío, despreocupado, inconsciente. Todos parecían tener ocupaciones importantes: corrían de puesto en puesto, peleando por ser los primeros en ser atendidos y teniendo pequeñas confrontaciones entre ellos por ganar la atención de los vendedores.

Frutas, verduras, música, videos, chacharas de todo tipo… así se intercalaban los productos, sin orden a mi juicio.

Volvía a casa después de más de una hora de andar. Sin ideas frescas, pero sí con la intención de avanzar otro poco en la labor.

Pasaron los días. Llegó el momento de volver a la rutina. El calor arrecia y yo acelero el paso. Apenas se aproxima el mediodía y el sudor me empieza a incomodar.

Al final de cada día.

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Ya no existe gloria al final de cada día. Se acabaron los festejos de las pequeñas victorias diarias. Los triunfos se miden hoy, en razón de economía, no más en satisfacciones personales. Ya no existe gloria al final de cada día. No hay más atardeceres en el jardín, disfrutando de la música del agua jugueteando en la fuente. Las miradas ya no se dirigen al cielo para buscar lo que amamos, dibujado en las nubes.

No existe gloria al final del día. Se terminaron las añoranzas por aquello que no se ha alcanzado y que los colores del atardecer consiguen hacernos olvidar, regalandonos esperanza para conseguirlo en una nueva oportunidad… o después de tres o cuatro intentos más. No existe gloria al final del día. Nadie espera a las estrellas aparecer de nuevo, hemos olvidado que ellas existen, que eran nuestras guías en la soledad de la noche, el combustible de nuestras historias más gloriosas, de los héroes más grandiosos.

Ya no existe gloria al final de cada día. Nos limitamos a arrancar una hoja más al calendario, asesinando al tiempo como entes sin alma, carentes de misericordia alguna.

Minientrada

Silencio.

Silencio.

Busqué entre mis recuerdos y solo encontré silencio.

El mismo silencio del parque abandonado,

donde los juegos infantiles sucumben a la corroción,

víctimas del desuso, muriendo a manos del olvido.

El silencio de los árboles que han perdido sus hojas,

que han sido abandonados por las aves,

esos mismos que no crecen más

porque ya no existen motivos para hacerlo…

Silencio. El silencio de los nidos desolados,

ese silencio de las bancas de madera que antes rebozaban de charlas vespertinas.

Cierro los ojos y presto atención,

tan solo para obtener como respuesta,

un silencio aún más estremecedor.

Minientrada

Viento.

El viento recorrió caminos, cruzó ríos, barrancas,

viajó en libertad absoluta,

repartiendo su caricia al paso,

transportando hojas secas, impulsando sueños.

Regaló con su presencia, alegrías,

elevó cometas, otorgó vida a rehiletes…

el viento ha avanzado incansable,

tan rápido como le fue permitido.

Tu, simplemente has puesto seguro al ventanal.

Pretendemos

No todo tiene un porqué ni un para qué.

Algunas cosas simplemente no merecen una explicación.

Lo bueno y lo malo viven por un tiempo,

para luego expirar en el momento en que menos lo esperabas.

.

La realidad se desvanece en segundos,

mientras los sueños pueden perdurar por siglos.

Algunos sueños no pasan de ser efímeras imagenes del deseo.

Se confunden las obligaciones con lo que desea el corazón.

.

Se abortan proyectos porque dan felicidad, mas no rendimiento.

Las canciones hablan de lo que creemos, no de lo que sentimos.

Ya no hay lágrimas de alegría,

la felicidad proviene de las tristezas de otros más.

.

Ya no se busca ser mejor,

se pelea a muerte por ser mucho.

Creemos poder con todo el universo…

cuando no somos capaces de ser autenticamente buenos.