Alejarse…

Hablaste de alejarte de aquí
y el mundo se estremeció
como nunca desde hace eones.
Vino a mi,
la imagen de un universo vacío,
sin el brillo de estrellas,
sin el color de tus ojos
reflejando el atardecer.
Todo cambiaría.
Las jornadas serían distintas,
como atravesar desiertos
sin gota de agua encima,
avivando mi sed por ti,
acechando como fieras en la noche.
Dolería tu ausencia,
lo confesé mirando directo a tus ojos.
Tuve que aceptarlo.
Pero,
¿si fuera yo quien debiera partir ahora?

Nómada.

Un nómada encarcelado.

Atrapado en sus propias indecisiones y apegos, añorando libertad mientras abraza las cadenas emocionales que él mismo ha forjado.

¿Para qué perder el tiempo observando atardeceres encendidos si no puede decidir entre quedarse o huir?

¿Para qué perder el tiempo persiguiendo sueños cuando se desprecia lo que la vida otorga?

¿Para qué la honestidad de pensamientos cuando a nadie le preocupa la empatía?

Los caminos siguen allí, el tiempo puede que no le espere mucho más.

En el mismo tren.


El mismo tren, todas las tardes. Tú, siempre en el mismo vagón, el mismo asiento.

Te encuentro cada día, absorta en tu libro, sin importar quién aborda o abandona aquél espacio.

Tu mirada en las páginas. Yo, esperando notes mi presencia, un solo instante de tu atención, pero nada.

Estación tras estación. Avanzas dos, cuatro, seis páginas. El tren y tu lectura a la misma velocidad. Doy un par de pasos hacia ti, sin encontrar qué decir.

¿De qué va tu lectura? ¿Podrías hablarme de ti? ¿En qué estación bajarás? Pero tus ojos no se alejan del libro. No notas mi cercanía. Tengo que bajar.

Espero mañana volvernos a encontrar.

Chicago Gris.

Abrió su bolso y buscó en él, revolviendo todo sin cuidado alguno. Escucho una risa de satisfacción brotando de su garganta al encontrar lo que busca. En su mano, un cassette musical. «Chicago» (alcanzo a leer) escrito con su letra en el costado de la carcaza.

Enciende la radio y cambia la modalidad para permitir la reproducción, mientras me lanza una mirada que al mismo tiempo que solicita permiso, indica que la decisión es inapelable.

Sonrío indicando mi sometimiento y vuelvo la atención al camino y volante. No hay tráfico, no lo había en ese tiempo. Apenas se escuchan las primeras notas, ella modula el volúmen lo más alto y aceptable posible.

Mientras avanzamos, cuenta historias acerca de ese cassette y de ella. He olvidado las historias. Me concentraba más en saborear el tiempo a su lado, que en el contenido de la conversación.

Una canción tras otra, el lado «A» de la cinta termina. Escuchamos el lado «B» hasta llegar a su casa. Charlamos un poco más, antes que decida salir del auto. Al despedirse, me indica que la cinta ahora es de mi propiedad. Baja y mi vista le sigue hasta que la pierdo al entrar a su casa.

Travesías como esta se repiten muchas veces. Nuestro gusto musical era el mismo. Escuchamos más cintas, pero para ambos, la de Chicago toma significado especial. Era nuestro álbum, nuestra historia.

Todo tiene fin. Un día, dejamos de vernos. Ella tomó un camino diferente al mío. A pesar del juramento de volvernos a ver, no volvió a suceder.

Aún conservo la cinta. De vez en vez, la desempolvo y quedo observandola con cierta nostalgia. No he vuelto a utilizar la cinta desde… hace bastante que no lo hago. Hoy, su música se reproduce por medios digitales. Más seguro y fácil de usar que el antiguo cassette.

Cada vez que reproduzco el álbum, cierro los ojos mientras le escucho. Vuelvo sentir en mi piel, el calor de aquellos días… puedo sentirla sentada a mi lado en el viejo vehículo, sonriendo… hasta el aroma de su perfume vuelve con su recuerdo.

Por unos minutos, me siento presente en alguno de aquellos instantes. Abro los ojos y miro a los lados, deseando estar allí nuevamente, imaginando que el resto de mi vida pudo haber sido un sueño. Me encuentro en un futuro que no concuerda con aquellos días, una versión obscura de mi destino, un futuro que sucedió envuelto en su música, un futuro que no goza de su presencia.

Al otro lado.

Quedé de pie, sin mover un solo hueso y músculo de mi cuerpo. Decidí no avanzar más. Decidí ser un observador de lo que ocurre, desde este lado.
No es miedo. Mucho menos faltan ganas de cruzar; de hecho, desearía estar allá, contigo. Pero algo que percibo, un detalle que aún no puedo definir, me detiene aquí.
El tráfico en la vía es cada vez menor. Podría atravesar sin mirar a los costados, unirme a tu marcha, continuarla juntos. Podría. Podría, pero no. Decido andar un par de calles más. Bajo la mirada y finjo que no te he observado. Continuaré andando, solo. Quizás, cuando considere que estoy lo suficientemente lejos, decida cruzar el camino.