Naturaleza.

Siempre lo digo y nunca dejaré de repetir. En nuestra prisa por vivir, solemos dejar de disfrutar lo poco que queda de la naturaleza en nuestro entorno. Son tantas cosas las que damos por hecho en la vida, que pasamos junto a ellas (y en ocasiones hasta destruimos) sin pensar en lo complicado que resulta su supervivencia. Los árboles son un ejemplo rápido.

Durante generaciones, los árboles en nuestras calles, sirvieron como patio de juego, como compañeros. Trepabamos en ellos con cualquier pretexto. No los considerabamos estorbo, eran nuestros escondites y fortalezas.

Un día sin más, alguien decidió que eran enemigos de la decoración urbana. Cientos, si no miles, han caído sin mediar explicación. Hoy, son pocos los árboles en las calles y los que encontramos en pequeños parques por la ciudad, son atacados por las nuevas generaciones, que arrancan ramas o trozan sus troncos solo porque sí, ante los complacientes ojos de sus ocupados padres.

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Breve.

Fue el encuentro tan breve.

Un saludo inesperado, un rápido beso en la mejilla.

Pudieron haber surgido mil palabras, lo que fuera;

no habría importado tanto la charla, sino alargar el encuentro.

Nada sucedió,

todo terminó en un nuevo corto beso en la mejilla,

y un también muy corto hasta pronto.

Andando la ciudad. San Juan de Dios.

Todas las ciudades, tienen uno o más barrios que conservan en sus calles y edificios, el sabor de viejos tiempos. En Guadalajara, San Juan de Dios es uno de ellos.

Tal vez, muchas de sus casas y negocios han sido remodelados en parte, o cambiado solo de color sus fachadas. A pesar de ello, aún puedes reconocerles como antaño. Los vehículos también delatan el cambio de los tiempos, pero sus banquetas, el comercio y hasta cierto punto, la gente que recorre y ocupa aquél espacio, parece no cambiar en extremo.

Lugares públicos, que alguna vez lucieron abandonados, en un momento de euforia fueron remodelados y adornados con monumentos que debían dar forma al orgullo tapatío y hoy, vuelven a lucir descuidados, sucios (en parte por ayuda de la misma gente que transita por el lugar) y puede ser que hasta sin porvenir, quizá esperando a que una farmacia o alguna tienda de conveniencia, levanten la mano y modifiquen el rostro de aquél sitio.

Siempre he admirado la arquitectura colonial y en particular (creo haberlo comentado en otra oportunidad), las iglesias con altas torres. No había pasado desapercibida para mi, la Basílica del Sagrado Corazón; aunque sí, no puedo negar que la olvidaba o desdeñaba debido al sitio en donde se encuentra.

Cuando la observé a lo lejos, tuve la sensación de estar en una ciudad diferente; encontré ángulos de ella que fueron novedosos. Una toma de parte del edificio completo, a media cuadra, volvió a darme la impresión de estar visitando algún poblado en los Altos de Jalisco, me arrastró fuera de Guadalajara… y su interior no hizo más que confirmar ese sentir, gracias al colorido que luce.

Del mercado Libertad ¿qué se le puede comentar a quienes viven aquí? Conocido por su venta de casi todo lo que necesites (y hasta de lo que no necesites), al paso de los años, solo ha cambiado un poco, en cuanto a la mercancía ofertada. Su exterior y unos cuantos pasillos en el interior, conservan la venta de lo autóctono, de lo que el visitante busca llevar a su tierra como novedad y curiosidad. Adentrarse es otro cuento, que quizás en próxima ocasión, pueda comentar.

Fueron tan solo cuarenta y cinco minutos en aquél sitio y, hoy que escribo, siento que debí haber pasado más tiempo allí, buscando detalles, animando a mi memoria para que trajera de regreso, una imagen clara de aquella ciudad que poco a poco, se ahoga en el olvido y el abandono.

Plegarias.

No pude evitar dejar de notar sus ojos sin brillo,

en ese inmenso campo inerte, todo sin color.

Observo, escucho.

Montañas obscuras, cuya silueta se dibuja contra la luz de las estrellas.

Todo aparece muerto en las palabras de quien me habla entre sollozos.

No recuerda a quién llora,

si acaso es por un pariente, por algún amigo extraviado,

nadie puede asegurar que no es por él mismo por quien sus lágrimas caen a ríos.

Plegarias más cercanas a lamentos e improperios,

que a esperanza misma.

.

El cabello gris,

las manos descarnadas,

las rodillas del pantalón destrozadas de tanto tocar el suelo en cada oración,

súplicas a un padre que permanece en silencio,

quizás sin mirarle, posiblemente no interesado en él.

Noches en vela que de tanto suplicar,

le han dejado la voz en un pequeño hilo,

ininteligible, carente de sentido,

pero ardiente en su deseo de paz.

Lluvia.

Llega a mi, el incesante repiqueteo de la lluvia golpeando mi ventana,

su ritmo relajante que invita a descansar mi cabeza en la almohada.

El suave aroma de la tierra al mojarse,

fuente de recuerdos y de historias nuevas,

muchas de ellas con rostros conocidos,

otros, imaginandoles con el propósito de reconocerles cuando les vea por vez primera.

Siento el viento deslizarse por mi habitación,

en silencio, sin prisa alguna,

refrescando, aliviando.

Intento ignorar todo sonido que no provenga de las gotas cayendo en mi patio.

Poniendo de pie y frente a la ventana,

las observo intentando sostenerse en el cristal,

iniciando su caída y formando pequeños ríos,

que culminan en el marco de metal.

Las miro intentando demostrarme, lo efímero que puede ser el universo.

Puede ser.

Puede que llegue ya, el día en que tu voz no sea tan lejana, en el que tu sonrisa, dé calor a mi vida.

Esa fecha en que todos mis momentos los llene tu presencia. Las noches y los días resumidos en una sola caricia de tus manos.

Puede ser que ese día llegue. Podría ser que esté próximo a suceder. Podrían pasar mil años hasta que suceda.

Puede pasar una eternidad.

Estaré pensando en ti toda esa eternidad.

Tiembla.

Habla, pero sus labios no expresan lo que en sus ojos veo escrito.

Su voz débil, apenas hilvana una que otra palabra.

Ya no son más esos cantos alegres con los que solía despertar.

Su melodía vive ahora en otra parte.

Tiembla nuestro espacio, tiembla la existencia misma.

.

Escucho los ultimos sollozos del invierno al morir.

Se enfrían las manos, pero el alma continua ardiendo.

Le abrazo, intuyendo el desasosiego de su ser.

Ella teme al final.

Yo, temo empezar de nuevo.

Andando la ciudad. Sitios gratos.

     El tiempo apremia hoy en día. Necesitas estar a tiempo en lugares donde no deseas estar, mientras que esos lugares que te son gratos, en ocasiones ni siquiera puedes visitar.

     Quince, a veces hasta diez minutos bastan para sentir de nuevo la razón de continuar… son a veces suficientes para volver a encontrar el lugar donde siempre existe la luz.

Minientrada

Cuando sientas que te falta la respiración…

Deja que el mundo a tu alrededor explote.

Deja que los muros con los que te has rodeado,

caigan de vez en cuando.

.

Permítele a tu vida el cambio,

dale oportunidad al caos, aunque sea por un momento,

de ser el guía.

.

Dejate llevar a lo que jamás habías intentado.

Prueba hacer lo que más temor tenías de realizar,

inventa.

.

Algún tiempo después, cuando el aire que respiras ha cambiado

y vuelvas a encerrarte en tu mundo,

sabrás que has aprendido a sentirte vivo.

Minientrada

Encontrarnos.

Beso su mejilla mientras dejo que su pelo escurra entre mis dedos.

Ella, muerde sus labios, queriendo decir no sé que,

en tanto nuestra respiración se entrelaza, segundo a segundo.

En sus ojos puedo entender lo que es serenidad, paz.

Veo cómo sus párpados abren y cierran al ritmo de nuestro aliento,

mostrando y ocultando esos bellos ojos obscuros.

Con mi cabeza recargada en su hombro,

en un abrazo que anhelo eterno,

esperamos a que la noche nos vuelva a encontrar.