Ya no hay paz en este mundo, eso es seguro. Hasta hace unos cuantos años mi única preocupación eran las bombas atómicas en manos de los soviéticos y los norteamericanos. Imaginaba un mundo en invierno nuclear permanente, veinticuatro horas continuas de obscuridad, miles de especies animales muertas, sin flores, con un poco de suerte, hasta sin vecinos.

            Entonces llego el SIDA… al principio nos dijeron que era una enfermedad de homosexuales, así que mis posibilidades de contagiarme serian nulas. Tiempo después, que además de los ya mencionados, los drogadictos que compartían jeringas eran susceptibles de contagio. No tenía pensado por supuesto, utilizar ningún tipo de droga… problema resuelto. ¡Ah! Pero no contaba con la infelicidad futura que me esperaba… hoy resulta que todo mundo y en cualquier situación, puede adquirir el SIDA, ni en una transfusión de sangre se está seguro.

            Luego vino el ebola, un virus capaz de matar al 90% de quien es infectado… al menos está contenido en África, no se ha detectado fuera de ese continente.

            Con los soviéticos desaparecidos, el mundo parecía pintar color de rosa… ¡cómo no! Desde la primera Guerra del Golfo, las cosas no eran tan esperanzadoras. Nuestros amigos musulmanes han sido ofendidos y humillados en muchas formas… hasta que se lograron vengar con las Torres Gemelas en Nueva York. Parecía venir la tercera guerra mundial. En lugar de ello, vivimos en la zozobra de que en cualquier momento, algún terrorista quiera tomar venganza y arrase una ciudad y miles de vidas.

            Pero eso no era suficiente, no. Ahora tenemos la influenza H1N1 (o lo que sea) y de pilón, el dengue. Honestamente, era menos atemorizante el pensar que hay miles de armas nucleares regadas por el mundo que el saber que un miserable mosquito puede causar una enfermedad que nos lleve a la muerte. Para acabarla, no conté con el cambio climático, justo ahora está cayendo una tormenta… ¿Qué nos falta?