La mirada al frente. El andar de su caballo firme, sin titubeos. Miles de pensamientos, todos intentando robar su atención, juntos en ese mismo instante. Ni las lagrimas en los ojos o las que lleva acumuladas en su corazón, le han detenido hasta el día de hoy.

Así es como le he visto pasar esta mañana. Apenas despuntaba el sol, le observe llegar por el camino principal. Con un andar lento pero decidido, avanzaba sin mirar a los lados, su interés estaba en la ruta por delante.

Había escuchado hablar acerca de él, sin embargo, hasta hoy le he conocido. Mucho es lo que se cuenta, pero creo que nadie tiene la verdad en su poder. Algunos dicen que es un extranjero buscando simplemente soledad. Otros han comentado, que es un criminal escondiéndose de la ley a cualquier precio… si fuera así, ¿Cómo es que pueden saberlo?

Hoy que lo he visto en persona, no me parece muy diferente a cualquier otro que yo conozca. Pantalón vaquero, camisa blanca, botas y un sombrero viejo… la vestimenta de todos en el pueblo.

Poco a poco se acercó hasta el lugar donde yo permanecía. Ni siquiera miraba hacia donde yo estaba. Mi presencia al parecer no era importante para él. Hasta dudé que algo fuera de su mente le importara en realidad.

Un rostro con varios días sin afeitar salta a la vista fácilmente. No hay cansancio ni lagrimas en sus ojos, ni siquiera puedo asegurar que su mirada exprese sentimiento alguno. Su rostro parece inmutable, no es posible saber si el hombre respira.

Su actitud no me parece extraña, yo suelo hacer algo parecido cuando quiero olvidarme de la gente que me ha lastimado: camino sin un rumbo fijo, sin prestar atención a lo que sucede alrededor. El solo hecho de andar, me tranquiliza y me ayuda a enfocar mis pensamientos hacia algo positivo, algo que mejore mi estado de animo.

 

-Buenos días muchacho-.

 

El sonido de su voz casi congela mis palabras… el saludo me tomó por sorpresa, nunca supe que hubiera saludado a alguien anteriormente, tampoco me enteré que lo hiciera después.

 

-Buen día… que le vaya bien-.

 

Nunca volvió su mirada hacia mi. No tuve oportunidad siquiera de ver su boca en movimiento para saludarme. Pero fue claro lo que escuché, aún ahora, a tantos años de distancia, recuerdo perfecto el timbre de su voz resonando como un eco que se apaga lentamente.

Queda en mi memoria, la imagen de este hombre montado en su caballo, siguiendo un camino que solo él sabría reconocer al andarlo. La mirada fija al frente, nada del mundo le importaba. Me quedé observándole hasta que se perdió en el horizonte, hasta que su figura se ocultó entre las sombras de las casas, aquella fría mañana de diciembre.