Imagen      Era la tercera vez que rechazaba que la joven mesera tomara su orden. Ni siquiera se daba la molestia de mirarla. Tan solo levantaba su mano y con su dedo índice decía no.
      Su largo cabello obscuro, completamente desaliñado, le caía sobre el rostro. La chaqueta de mezclilla, que alguna vez fuera color azul, lucía sucia y con rasgones en diversos sitios. De igual manera se mostraba su pantalón obscuro, con manchas blancas por doquier debido al polvo pegado en él… y sus botas, cubiertas por lodo seco.
      No miró a nadie cuando entró al restaurante. Tan solo tomó camino hasta la mesa frente a la ventana, se sentó y con ambas manos, empezó a jugar con el salero. El cabello impedía distinguir su rostro completamente, pero seguramente se trataba de un hombre joven. Su complexión atlética era evidente, además, era un individuo de altura considerable.
      De pronto, dejó de jugar con la sal. Quedó quieto… cómo congelado. Levantó la mirada y observó a través del cristal.
      El restaurante, construido al costado de una colina, permitía la vista de gran parte de la ciudad. Escudriñó el horizonte, cómo cuando el cazador intenta localizar a su presa. Estaba inmóvil…
      – ¡Señor!… ¡señor!… dejó usted su motocicleta tirada en la calle… me dicen que algunos muchachos intentan llevarsela… – dijo la camarera acercándose un poco más a él.
      – ¡No la necesitaré más!… Y a nadie le será útil ya – respondió en tono molesto.
      La chica solo levantó una ceja y se alejó de inmediato. No le interesaba tratar con personas conflictivas. Suficientes problemas tenía ya ella cómo para venir a soportar un caso más.
      Un par de hombres entraron al lugar. Caminaron y se sentaron en la mesa al lado derecho del joven. Saludaron al sentarse, pero este no les respondió ni moviendo la cabeza.
      – Yo digo que debe ser por la tormenta esa de la que han hablado en televisión desde hace unas horas… ¿de qué más podría tratarse? – decía uno de ellos mientras tomaba asiento.
      – Lo sé, solo que me preocupa mucho que no sea posible siquiera tener comunicación con las zonas en donde se encuentra la tormenta. ¿Escuchó que la tormenta no se mueve de lugar? –
      – No puedo creer en todo lo que dicen en la televisión, ¡me niego! ¿Cómo una tormenta va a incrementar su tamaño y no moverse de sitio? Me parece que todo esto es un sucio truco publicitario… algo querrán vendernos el día de mañana… ¡ya lo verá! –
      El pequeño silencio al final de la frase, fue acompañado de un sonido hueco, lejano, pero perceptible fácilmente. Casi inmediatamente, el suelo vibró, moviendo ligeramente las mesas y todo lo que estuviera sobre ellas.
       Aquél hombre no alejó su mirada de la ventana.
       – ¡Mire! ¡Ahora compruebe que no estoy loco! –
       El otro hombre giró su cuerpo hasta tener de frente también el cristal. Lo que observó le dejó sin palabras. Al fondo, a lo largo del horizonte, se podía observar una mancha de nubosidad negra. Algunos rayos se dibujaban en ella, pero sin ser reflejados o alumbrar la nube.
       Sin darse cuenta, unos instantes después, ya estaban de pie frente al cristal.
       – ¿Qué es eso? – preguntó la mesera aproximandose también al cristal – ¡Alejandro! – gritó a la cocina – ¡Ven acá! ¡Observa esto! –
       Un hombre de edad madura salió de la cocina.
       – ¿Qué pasa? –
       – ¡Ven aquí y mira!… ¡que raro! –
       Ambos quedaron allí, mirando.
       Algunos otros de los que ahí comían, también se levantaron, intrigados por la sorpresa de aquellos cuatro individuos. Al poco, todos los asistentes estaban ya delante del vidrio.
       El hombre volvió a tomar el salero con su mano izquierda, cruzó los brazos sobre la mesa y recargó su cabeza en ellos.
       Ante la mirada sorprendida de todos, la nube fue cubriendo la ciudad poco a poco, hasta hacerla desaparecer entre su negrura. Los rayos que despedía, no emitían luz en sí…
       Con relativa rapidez ahora, la nube empezó a subir la colina. Algunos de quienes estaban en la ventana, se retiraron con miedo hasta el extremo más alejado de ese sitio. Los demás, continuaron allí, tal vez sin poder moverse gracias al temor.
       Primero la nube cubrió el cielo. La luz de los rayos centelleaba aquí y allá, con un ritmo continuo. El sol fue obstruido e inmediatamente la obscuridad se apropió de la calle. La luz eléctrica dentro del restaurante era la única visible.
       La mesera rompió a llorar y se dejó caer al suelo. Los dos hombres que primero observaron por la ventana, intentaron alejarse de allí, dirigiendose a la salida.
       De súbito, la obscuridad se apoderó del interior del lugar también.
       Entre ruidos de cristales rotos y gritos de dolor a su alrededor, el hombre no levantó de nuevo la cabeza, y, apretando el salero en su mano, quedó esperando a que llegara su momento.