Juicio salomonico

Prejuicios.

-¡Culpable!-

Tronó la voz de aquél hombre, no sin reflejar cierta satisfacción en el rostro. Su cuerpo temblaba, todos pudieron notarlo mientras permanecía de pie entre el resto del jurado.

Los susurros entre la gente que asistía al juicio no se dejó esperar. El juez, recargado sobre su mano en la frente, escuchó el veredicto final. Suspiró e inmediatamente exigió silencio en su sala.

El acusado, un hombre de aproximadamente treinta y cinco años, con cabello y barba largos, no se inmutó en lo más mínimo. Sus ojos café claro no se movieron. Mantenía su mirada fija en un cuadro que representaba al rey Salomón impartiendo justicia.

Su abogado se acercó a su oído y articuló algunas palabras, pero aquél hombre no hizo caso.

El juez golpeó con más fuerza su mesa, aunque nadie parecía escuchar tal golpeteo.

-¡Silencio o les mandaré desalojar!- gritó con toda su fuerza esta vez mientras observaba con curiosidad la pasividad del acusado.

Al fin, la sala guardó silencio. Cuando el juez volvía a tomar asiento, una mujer entre los asistentes, llegó hasta el hombre que era juzgado y, lanzándose sobre él, le derribó de la silla.

El abogado se levantó de un salto y se alejó un par de pasos. Dos guardias inmediatamente llegaron hasta el sitio. Uno de ellos tomó a la mujer de la cintura y la retiró de allí.

-¡Maldito! ¡Maldito seas!- le gritaba al caído. Para terminar con el insulto, escupió al rostro del hombre.

En tanto esto sucedía, el otro guardia empezó a golpear y patear a quien se encontraba indefenso en el suelo.

Notando esto, el juez volvió a ponerse de pie y solicitó con fuertes gritos, la ayuda de otro oficial.

-¡Aleje a este salvaje de aquí! ¡Espero que al terminar con este circo, pueda dar cuenta de usted también!- dijo dirigiendose al oficial ofensor.

Salió de la sala esposado, pero con una sonrisa sarcástica dibujada en el rostro.

-¿Se encuentra bien el acusado?-

Cuando miró de nuevo, el hombre golpeado ya se encontraba sentado de nuevo, impasible.

-Señor… se le ha encontrado culpable. ¿Apelará usted el veredicto? La República así se lo permite de ser el caso-.

El hombre no respondió, ni siquiera se dio por aludido.

-¡Defensa! ¿qué responde la defensa?-

El abogado, mirando a su cliente, tomó los papeles sobre la mesa y respondió.

-¡La defensa se retira su señoría!-

El juez, sorprendido, continuó.

-¡Será entonces! La Santa y Magna República, le ha encontrado a usted señor, culpable. Su sentencia es clara en estos casos: permanecerá en las celdas de la prisión de alta seguridad hasta morir a falta de alimentos. ¡Que el creador se apiade de su alma y que esto subsane el dolor de las familias de sus vic…- no pudo terminar la frase -¡Se lo pueden llevar!-

Terminó de hablar mientras golpeaba su mesa con la mano.

Tres guardias vestidos totalmente de negro y sus cabezas cubiertas con capuchas, se acercaron al acusado, quien, sin necesidad de ser obligado, se puso de pie y extendió sus brazos al frente.

La gente aplaudía mientras le colocaban el collar de seguridad. Unieron el collar a las esposas en sus manos y procedieron a sacarlo de la sala.

El hombre, antes de ser desalojado del lugar, dio un último vistazo al cuadro de la pared. Salió andando a paso firme.