• Camino entre arboles

Imagina la tarde más silenciosa.
Una tarde en la que hasta las aves han quedado enmudecidas.
No se escucha ni siquiera el ruido,
de las hojas al caer.

En el cielo, las nubes negras empiezan a unirse,
planeando la estrategia de ataque;
es muy temprano aún para la lluvia,
pero el cielo toma provisiones.

Nada se mueve en el camino.
Todo es quietud… silencio sepulcral.
De pronto, al inicio del camino,
las ramas de los árboles empiezan a moverse.

Y tal como hacen las olas del mar,
el viento se abre paso entre los grandes árboles.
Uno después del otro se tambalea al paso del aire,
en una danza sorpresiva,
que relaja,
hipnotiza.

Con esta misma danza,
se inicia el concierto de ramas y hojas,
chocando unas contra otras,
siempre al mismo ritmo que el corazón.

Algunas flores se inclinan haciendo reverencia al viento.
Otras, se mantienen erguidas, orgullosas, inamovibles.
Es tan suave el bamboleo de las hojas,
que podría jurar,
son los mismos ángeles,
que al pasar batiendo sus alas,
dan vida y movimiento al bosque.

Caen las primeras gotas de lluvia.
Frías. Indiferentes.
Ahora, al concierto de los árboles,
se agregan las gotas cayendo sobre las hojas secas en el suelo.
Imagina esta tarde.