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Se hizo tarde de nuevo. Pasan ya de las diez de la noche. El andén del tren luce en total soledad… y sucio. El ir y venir de la última oleada de viajantes, ha terminado hace quince minutos.

 

Lleva ya más de siete semanas intentando en el mismo sitio. El mismo lugar. La misma hora todos los días sin falla. Desde temprano aparece en lo alto de la escalinata de la estación.

 

 

Nadie recuerda con seguridad el día en que apareció por vez primera. Nadie le preguntó de dónde es que él venía. No hubo quien se preocupara por acercarse y saber qué era lo que ofrecía.

 

Cada mañana, coloca su vida sobre un mantel en el percudido suelo, allí, cerca del acceso al túnel que lleva a las vías del tren. Siempre silbando una melodía que todos desconocen. Tal vez se tratara de un compositor frustrado, de un músico incomprendido. Pero su música siempre es alegre, nadie le ha observado bajar la mirada mientras expulsa las notas por sus labios entrecerrados.

 

Y así es que pasa sus días, pregonando e invitando a todos, a adquirir algo de lo que ofrece. Algunos se acercan, convencidos a medias y preguntan; más sin embargo, nadie compra.

 

A pesar de eso, no se deprime, no rompe a llorar. Vuelve a silbar su melodía y continúa intentando. Una y otra vez.

 

Hoy, como ya he dicho, se ha hecho tarde. Guarda con cuidado una a una sus pertenencias. Silbando. La calle, también vacía a esta hora de la noche, es testigo de cómo aquél, mira hacia abajo por las escaleras. Tal vez caminará hasta su casa, no lo sé. El sonido de su melodía, se apaga en la lejanía.