Tu imagen frente a mi. Una hoja de papel sobre la mesa, el lápiz en mi mano. Podría dibujarte tan solo con lo que guardo en mi recuerdo. Pero no soy capaz, no me atrevo a inventar un trazo que no existe. Temo también, a darme cuenta que olvido algún detalle de tu cara, de tu pelo.

Miro a la imagen que sonríe… desearía que esa sonrisa hubiera sido para mí. Pero no lo fue. Y no pregunto, me quedo callado, mirándote, evadiendo la respuesta.

Llevo el lápiz a la hoja. Dos líneas que inician el contorno de tu boca. Comparo con la imagen. No me gusta el resultado. Esa no es la sonrisa que llevo en la mente. Borro suavemente, intentando no dañar la hoja de papel. Mutilo el rostro delineado en tono gris obscuro.

¿Dibujar lo que recuerdo o lo que tengo frente a mí?

Tengo que seguir fielmente esa imagen. No debo distraer mi atención, trayendo en este momento, tu sonrisa de ayer. Sí sabes cual… ¿me equivoco? ¡haz memoria!

Limpio los restos del borrador que han quedado sobre el papel. Se llevan una parte de ti, se van, dejando un hueco en tu figura.

¡No puedo dejar de mirar esa imagen tuya! ¿Para quién sería esa sonrisa?

Agito el lápiz en mi mano. Tomo medidas imaginarias. Calculo proporciones. No decido cómo empezar con el trazo.

Decido dejar para después la boca… al menos intentaré no pensar en ella por un rato mientras dibujo. Centro la atención sobre los ojos. No lo había notado. Me miran.

Y viene a mi mente, ese brillo con el que me cruzo cuando te miro directo a los ojos. Observo nuevamente la imagen. No está ahí. El brillo que admiro a diario, no está allí.

Los ojos reflejan el estado de ánimo. Los tuyos demuestran alegría, pero les falta esa magia que he visto cuando estás frente a mi. En la imagen no la encuentro. ¿Por qué he de tener como referencia esa foto?

No puedo dibujarte de memoria. No deseo darme cuenta que lo que recuerdo de ti, no me alcanza para reflejar lo mucho que te extraño cada día. Esa imagen, no muestra quien tu eres en verdad.

Pero no quiero dibujarte de memoria tampoco.