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   Existe una canción de la que no sé su titulo; vamos, ni siquiera conozco el nombre de quien la interpreta. No recuerdo cuando fue la primera ocasión en que la escuché, ni el lugar en donde fue.

   Tengo la vaga impresión de que sucedió en algún café… o tal vez en alguna simple tienda departamental (lo cual, de ser cierto, le quitaría ese sabor romántico que la caracteriza).

  Pero ahí la tienen, sonando de nuevo en mi cabeza. Cada acorde lo llevo almacenado en mi enredo de recuerdos, así que debo ser muy cauteloso de no desenredar ese embrollo y dejar escapar asuntos que están mejor donde se encuentran ahora.

   Suena una y otra vez… se repite sin compasión, sin importar la hora. Me distrae, quiere toda mi atención.

   Llega el momento en que la tentación me vence. Busco el disco que compré para tenerla a mi disposición las veinticuatro horas del día. ¡Que raro! Encuentro el disco “guardado” entre otras mil cosas abandonadas en un cajón. Cosas que seguramente no había necesitado por un buen tiempo.

   Las primeras notas salen de las bocinas. Quedo atento a ella. Saboreo cada estrofa, su ritmo. Desmenuzo la letra y entiendo que esa canción era de tu propiedad desde antes de conocerte. Ya te pensaba con ella aún sin saber cómo eras, que soñabas o sentías. ¿Cuántas cartas habré escrito para ti, que fueron entregadas a la dirección equivocada? Quizás por eso jamás fueron respondidas como yo lo esperaba.

   Las palabras se fueron, la canción se mantuvo allí, escondida; no se fue con la primera en pasar, se quedó callada, esperando el momento en que aparecieras de nuevo, en verdad, en persona.