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Ya no existe gloria al final de cada día. Se acabaron los festejos de las pequeñas victorias diarias. Los triunfos se miden hoy, en razón de economía, no más en satisfacciones personales. Ya no existe gloria al final de cada día. No hay más atardeceres en el jardín, disfrutando de la música del agua jugueteando en la fuente. Las miradas ya no se dirigen al cielo para buscar lo que amamos, dibujado en las nubes.

No existe gloria al final del día. Se terminaron las añoranzas por aquello que no se ha alcanzado y que los colores del atardecer consiguen hacernos olvidar, regalandonos esperanza para conseguirlo en una nueva oportunidad… o después de tres o cuatro intentos más. No existe gloria al final del día. Nadie espera a las estrellas aparecer de nuevo, hemos olvidado que ellas existen, que eran nuestras guías en la soledad de la noche, el combustible de nuestras historias más gloriosas, de los héroes más grandiosos.

Ya no existe gloria al final de cada día. Nos limitamos a arrancar una hoja más al calendario, asesinando al tiempo como entes sin alma, carentes de misericordia alguna.