Siempre lo digo y nunca dejaré de repetir. En nuestra prisa por vivir, solemos dejar de disfrutar lo poco que queda de la naturaleza en nuestro entorno. Son tantas cosas las que damos por hecho en la vida, que pasamos junto a ellas (y en ocasiones hasta destruimos) sin pensar en lo complicado que resulta su supervivencia. Los árboles son un ejemplo rápido.

Durante generaciones, los árboles en nuestras calles, sirvieron como patio de juego, como compañeros. Trepabamos en ellos con cualquier pretexto. No los considerabamos estorbo, eran nuestros escondites y fortalezas.

Un día sin más, alguien decidió que eran enemigos de la decoración urbana. Cientos, si no miles, han caído sin mediar explicación. Hoy, son pocos los árboles en las calles y los que encontramos en pequeños parques por la ciudad, son atacados por las nuevas generaciones, que arrancan ramas o trozan sus troncos solo porque sí, ante los complacientes ojos de sus ocupados padres.

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