Llega el día, en que tus fotos antiguas, se convierten en el máximo tesoro que podrías poseer. Silenciosas testigas de lejanos tiempos en los que el papel, era la única manera de conservar un recuerdo.

Pasas horas observando tu imagen favorita, impresa en aquél papel amarillento, que día con día desprende pequeñas partes de sí, desmoronandose lentamente entre tus dedos, encontrandote con su imagen, aquella que te cautivó, esa que aún te sigue en sueños, la imagen de la juventud exhausta, agotada hace mucho tiempo, rota en mil pedazos, anticipándose al destino del papel en tus manos, recordandote que el tiempo es cada vez más escaso.

Y aprendes a avanzar por la vida, con tu caja llena de pequeños trozos de papel. Te aferras a ella, pidiendo que no termine también en pedazos, arrastrados por el viento del olvido.