Tarde en casa. De nuevo. Como si la monotonía no fuera agotadora. Estar entre el bien y el mal. Sangrando hipocresía durante toda la jornada. Estoy bien. Esto no me afecta. Aquello es normal. Elvita no es así con otros. Tampoco los demás son igual conmigo que con el resto de la planilla. Más rock para distraer el sueño de desaparecer. No hay volumen que aleje a la imprudencia, ni audífonos que destierren mi cuerpo a sitios más aceptables. Un sandwich de atún en la nevera. Otro, recién preparado. “Arreglado” decía uno de mis suegros. Mi vocabulario está repleto de palabras simples, dichos y proverbios. Quisiera repletarlo de poesía. De poesía sencilla, sin palabras rebuscadas. Sin destinatarios. Poesía que cada quien se acredite. Tres mordiscos al sandwich. En mi cabeza, se repite la película de mi día. La edito a placer. Enfoco mi atención a lo que deseo quede almacenado. Un ochenta por ciento irá directo al basurero. No me hace infeliz. Pero ¿es vida reconocer que solo el veinte por ciento de mi día valió la pena? Rostros que deseo ver todos los días, serán olvido en un par de años. No les sobrevivirá ni el eco de sus voces. Otras tres mordidas y el sandwich desaparece. El bocado gira entre mis dientes. La vida hace lo propio con mi persona. Agotamiento. Lectura. Después, dormir. Dormir para prepararme a otro día. Otro día con alta probabilidad de ser igual a este.

Y al anterior del anterior a este.